Café Bar Tirso, un tapeo “espectacular”

Qué mejor forma de comenzar esta andadura gastronómica en casa ajilimójili que acodarse en la barra de uno de lo referentes tapeadores de Almería en estos momentos: Bar Tirso (Avda. de la estación, 35).

Alejado del cambalache del centro histórico, pero bien situado, cercano a la estación de trenes y autobuses de la capital, el Tirso se reformó en 2012, lavado de cara cambiando las formas pero manteniendo el contenido: el pescado fresco a la plancha y frito.

Nada más entrar por la puerta me fijo en un rubio con ojos azules que me hace un guiño tras la vitrina como primera opción, el flechazo es consumado a la plancha con un beso de salsa verde. Superior.

El sufrido propietario, José, un veterano que ha perdido el pelo tirando cañas, ejerce el mando basado en un acertado laisse faire sobre su equipo, esto es, libertad de movimientos. Cada uno a lo suyo y bien hecho, reflejado en la eficacia, simpatía y profesionalidad de Juan y “Tapón” tras la barra y Paco impartiendo lecciones en la plancha. No hay servicio sin propina, ni cliente sin sonrisa.

El espacio está bien aprovechado, sin demasiadas apreturas entre la barra y un pequeño mostrador en segunda fila al paraguas de una hilera de jamones.

Para los que prefieren engullir sentados hay un comedor muy acogedor arriba, para raciones, y si hace bueno, algo habitual en Almería, las mesas de la calle son una excelente opción para contemporizar el chateo al calor del sol almeriense.

De los vinos podemos hablar largo y tendido pero no es cuestión de perderse. No exagero si hablamos de una veintena de botellas entre tintos, blancos, manzanillas (atentos a la Papirusa) y demás para tomar en copa, a precios razonables y sin morralla en la bodega. Algo insólito en estos lares.

Las botellas están perfiladas sobre un mostrador de metal. Tengo especial predilección por esos mostradores de acero de bar de barrio, que mantienen las muescas de la baba cervecera y retienen los pelos de las gambas durante el tiempo que dura la visita, que se va alargando invariablemente entre quisquilla y quisquilla.

Porque esa es la reina indiscutible en el Tirso, la gamba “espectacular” roja, blanca o la mejor quisquilla de la capital en sus tres tiempos: cruda, vuelta y vuelta ( aquí me planto yo) o hecha.

Si no son de mancharse las manos, hay goce verbenero en los boquerones adobados, la bacaladilla rebozada o los calamares, jugando luego con los salmonetes, el bonito a la plancha, la brótola, los pollicos, las almejas y lo que mande el mercado, que suele ser variado. Todo en su tiempo justo de plancha y en su punto de sal, algo que no todos saben manejar en este producto tan característico en las cartas de los bares almerienses.

Para los que no son de limpiar raspa (ustedes se lo pierden), hay paella a mediodía que dura un plis plas y los fines de semana, arroz negro que dura aun menos. Por si aun no tienen bastante, podemos hablar del lomo con queso, el huevo con jamón o la sobrasada con anchoa . A parte siempre hay sorpresas fuera de carta ( ojo a las croquetas los días de lluvia).

No sigo que me entra hambre.

Como ven no hay florituras ni inventos que distraigan, la sencillez de un producto de primera unida a un servicio a la altura.

Si después de toda esta perorata aun no están convencidos de porqué el Tirso juega en otra división, háganme caso: busquen un hueco en su agenda y compruénbelo ustedes mismos, aunque les aviso que les será complicado encontrar sitio.

Por algo será.

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